Boletín N°214 -  octubre 2020

"La curiosa Yarima y su natural terquedad"

Corrían los años ochentas y había entonces muchas limitaciones económicas, tecnológicas, el Internet no existía ni tampoco los teléfonos celulares, y la única forma de llegar a Escobal era por tren o a caballo. Yarima y sus tíos conocían muy bien cada una de las estaciones del tren que debían pasar antes de llegar a su destino, donde se bajaban y caminaban 1,5 km hasta la casa de sus abuelos: Turrúcares, Cebadilla, Atenas, Balsa, Mangos y Escobal. Ya en la casa de Escobal hacían sus tareas y disfrutaban del fin de semana en familia para volver nuevamente a San José el día lunes en el tren de las 5 am.

Esta vez, Yarima había soñado durante todo el viaje, mientras dormía dictaba números a su madre, 123.45, 126.90, 1224.50, -34.873, sumaban, restaban, dividían. Soñaba con algo que le encantaba hacer, trabajar con su mamá; mientras la pequeña le dictaba números, su madre los escribía y así, juntas revisaban los registros contables del trabajo de doña Aracelly

Cuando su mamá se sentaba a "hacer contabilidades", había que ordenar cerros de facturas por cada cliente: consecutivas, nulas, etc, así que juntas hacían el trabajo y cuando había una diferencia revisaban donde estaba el error.

Por naturaleza Yarima andaba buscando figuras geométricas por todo lado, por ejemplo, cuando su mamá hacía costuras, ella identificaba ángulos en los patrones, hasta en la costura medía un centímetro más, un centímetro menos, para cortar en la justa medida, tanto su mamá como su abuelo eran muy hábiles con el manejo de los números.

La pequeña también iba a la feria del agricultor a vender aguacates, por ayudar con la venta de los aguacates les daban diez colones a cada uno y en aquel entonces era bastante dinero. Observar el comportamiento de las vacas, los "chanchos", las gallinas y las abejas que producían deliciosa miel, propiedad de su abuelo era algo de lo que más le gustaba a la pequeña. -Mami, cuando sea grande quiero ser veterinaria, dijo la pequeña a su madre. Me encantan los animales comentaba en vos baja, al tiempo que acariciaba a un pequeño cerdito que recién había llegado a la finca.

En lenguaje de los yariguíes indígenas colombianos, "Yarima" es un nombre especial, significa "reina de la paz", y era el nombre más adecuado para la pequeña, que movía sus ropas y cabellos al caminar por las calles de Escobal de Atenas tal y como el viento sopla y coquetea con las pequeñas y coloridas flores del lugar.

Pero si le preguntamos a doña Aracelly, "Yarima" también tiene otro significado, la mamá de la pequeña siempre le decía que era "testaruda" y de "ideas fijas" y esto muy probablemente le ayudaría a vencer los retos que se le presentarían en el futuro.

Estaba con Natalia, Mirtha y Xiomara, sus compañeras de colegio, reunidas para hacer algunas tareas juntas, cuando sonó el teléfono de la vivienda, sin embargo, nadie contestó. Inmediatamente se escuchó una grabación.  "Esta es la casa de la familia Castro Vega, por favor deje su mensaje".

¡Era una grabadora de mensajes!, algo novedoso en aquellos tiempos. Las jóvenes pensaron en que ese podría ser el origen de su proyecto. ¿Por qué no hacer un experimento mediante el cual se pudiera vincular un teléfono con un reloj digital para poder programar un despertador?  Era todo un reto. Así las jóvenes formularon su pregunta y buscaron ayuda.

Buscar a alguien que tuviera el conocimiento y que les pudiera orientar en su proyecto era algo muy importante, así que decidieron ir la Universidad de Costa Rica, que, por suerte, quedaba muy cerca de su colegio. Ahí encontraron al profesor Geovanny quien muy amablemente les escuchó con interés.

La mesa de trabajo del profesor cautivó la mirada de los jóvenes. Los grandes ojos azules de la joven miraban fijamente aquella maravilla. La mesa estaba llena de circuitos, tarjetas, "displays", resistencias, cables, cosas extraordinarias, muy nuevas y especiales que harían que este fuera el primer acercamiento de Yarima con la electrónica. La pequeña quedó cautiva, sus grandes ojos estaban más abiertos que nunca y sus oídos escucharon la explicación del profesor.

- ¡La electrónica es una disciplina muy interesante pero el futuro está en la computación!, dijo Geovanny, y esas palabras resonaban como ecos en la cabeza de la joven.

- ¿Pero ¿dónde se estudia computación? Preguntó Yarima. -En Cartago, en el Instituto Tecnológico de Costa Rica. Yarima no sabía dónde quedaba Cartago, pero era muy probable que en pocos días averiguara.

Con la ayuda del profesor Geovanni realizaron su proyecto y participaron en la feria con muy buenos resultados, pero lo más importante fue que había nacido en la joven un interés especial por aquellos temas relacionados con la programación y por lo que hoy se conoce como el Internet de las cosas. Pasaron los meses y también los años, Yarima era muy dedicada en sus estudios y le gustaba mucho la matemática, la misma pasión por los números de aquella pequeña en el tren, continuaba varios años después.

Durante su adolescencia, conoció un nuevo amigo, estudiaba Ingeniería Forestal en el TEC.  La joven aprovechó para preguntarle sobre la posibilidad de estudiar en el TEC pero recibiría la primera "mala noticia". -Es muy difícil, casi solo hay hombres, es casi imposible para una mujer, respondió el nuevo amigo.  Yarima no entendía la respuesta. ¿Por qué? ¿Cuál es la diferencia entre un hombre y una mujer que quieren ingresar a la carrera de ingeniería en computación?

Foto de un grupo de 25 de jóvenes posan 7 sentados y 18 de pie, todos sonríen.

Uno de los Campamentos de Ciencia y Tecnología 2017 del Micitt con sede en las instalaciones del Tecnológico de Costa Rica (TEC), en Santa Clara de San Carlos.

Después de analizar varias opciones la joven decidió que estudiaría computación en el TEC, pero continuaron las dificultades.... -El TEC queda muy largo! Le decía preocupada su mamá. -El TEC es una universidad para los hombres!!!, le decían algunos familiares.

La testarudez de Yarima le ayudó a seguir adelante, y con una nota de 680 logró ingresar al TEC a estudiar Ingeniería en Computación donde ya en 1994 estrenaban grandes laboratorios con nuevas computadoras, y de un grupo de 120 personas ingresó junto con otras 11 mujeres. Años después de esas once luchadoras sólo tres se graduarían del Tecnológico de Costa Rica.

Durante sus años en el TEC hubo profesores que pensaban que ingresar mujeres en ciertas carreras era "perder el tiempo", profesores con estereotipos y estigmas, fueron cosas complicadas a vencer en varios cursos de la carrera.

Yarima, se casó 1996 durante el segundo año de la Universidad, siguió estudiando y a la mitad de su carrera nació Sara, su primera hija y durante su último año en Computación nació su segunda hija Liz. Nunca fue fácil mezclar labores maternas con la demandante carrera, ella, siempre testaruda, continúo con su sueño de verse graduada del TEC como ingeniera.

Siendo estudiante uno de sus primeros trabajos fue como profesora, dando clases de informática en un colegio de Cartago para sétimos, octavos y novenos años. Trabajó en ArtInSoft y Exactus, empresas de desarrollo de software es decir, trabajó en el desarrollo de programas y rutinas que permiten a una computadora realizar determinadas tareas. También trabajó como consultora en Ingeniería en computación en Baxter Productos Médicos en el Parque Industrial de Cartago.  Cuando nació su tercera hija Sofía, Yarima decidió dedicarse a la academia y a la investigación.

Cuenta que en los últimos años "ha tenido que ser muy fuerte y valiente para enfrentar grandes retos", hoy se siente segura, feliz y plena. Hoy junto con su pareja, como equipo, construyen nuevos sueños incluyendo un proyecto maderero en Escobal en la tierra que un día fue de su abuelo, lo visitan cada 15 días porque en Escobal tiene un pedazo de su corazón y preciosos recuerdos.

Actualmente es la única mujer ingeniera miembro del Consejo Director del Consejo Nacional para las Investigaciones Científicas y Tecnológicas, dentro del TEC trata de ayudar a que más chicas se acerquen y se gradúen de carreras en las áreas de la Computación y en su tiempo libre apoya un grupo de mujeres jóvenes que trabajan en ingeniería y ciencia de datos.

Como mujer adulta sigue siendo testaruda y está convencida que vale el esfuerzo luchar y trabajar por la construcción de una sociedad igualitaria con mujeres empoderadas, sin miedo y motivadas a estudiar y trabajar en áreas tecnológicas.

Relato: Ing. Yarima Sandoval, Miembro del Consejo Director del CONICIT

Revisión: Ing. Ileana Hidalgo, Asesora CONICIT

Autoría: Mag. Silvia Arias, Comunicadora del CONICIT