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Las
cifras, que cubren 2002-2007, están llenas de buenas noticias. La inversión
general en investigación y desarrollo (I+D) en el mundo en desarrollo está
creciendo tres veces más rápido que en el mundo desarrollado. Y el número de
investigadores se ha más que duplicado, comparado con un nueve por ciento de crecimiento
en el resto del mundo.
Parece
evidente decir que ‘la brecha científica’ entre ricos y pobres se está
cerrando — un análisis bienvenido de que los países en desarrollo están
reconociendo cada vez más el crítico rol que juegan la ciencia y la tecnología
en el desarrollo socioeconómico.
Líderes
en gasto
Hay que
admitir que son los países más avanzados, como Brasil, China e India, los que
dominan la tendencia en el gasto. El crecimiento de China es particularmente
espectacular, con un número de investigadores de hasta 76 por ciento y la
duplicación del gasto total en I+D.
Tal
crecimiento apoya las predicciones europeas de que China e India se
convertirán en líderes mundiales en investigación en 2025. Un equipo de
trabajo de la Unión Europea sugirió el mes pasado que dentro de las próximas
dos décadas China e India sumarán más del 20 por ciento de la inversión
mundial en investigación, más del doble de su actual participación, que la
IEU calculaba en nueve por ciento en 2007.
Las cifras
de la IEU también apuntan al progreso en otros lugares. Dentro del África
subsahariana, por ejemplo, el número de investigadores por millón de
habitantes, un indicador clave de la capacidad científica de un país, creció
en 18 por ciento.
Las
malas noticias
Pero no
todas las noticias son buenas: aun cuando la brecha científica se está
estrechando, sigue siendo enorme. Los países más pobres del mundo, definidos
por la IEU como los menos desarrollados, tienen 12 por ciento de la población
mundial y muchas de sus comunidades más necesitadas. Pero tienen sólo 0,5 por
ciento de los investigadores del mundo. En contraste, tres cuartos del gasto
mundial en I+D todavía ocurre en el mundo desarrollado, que sólo tiene un quinto
de la población mundial.
Según la
IEU, los países en desarrollo invierten un promedio de sólo uno por ciento de
su Producto Interno Bruto (PIB) en I+D: la mitad del promedio del mundo
desarrollado.
En África
la cifra fue de 0,4 por ciento, algo muy distante del uno por ciento
prometido por los miembros de la Unión Africana cuando se reunieron en Addis
Ababa en febrero de 2007. Si África apoya de forma efectiva la ciencia y la
tecnología para satisfacer sus necesidades sociales, necesitará más que
promesas: dinero real y políticas de gasto efectivas son críticas.
Las
advertencias
Como todas
las estadísticas, las cifras de la IEU deben tomarse con cautela. Al tratarse
de cifras oficiales, éstas son tan confiables como los servicios
gubernamentales de recolección de datos y de información.
Tal como
lo reconocen los mismos analistas, los datos están llenos de vacíos porque
los países han fallado en proporcionar información o han entregado datos que
no cubrían todos los sectores económicos. Como resultado, dice la IEU, la
información de los países en desarrollo “puede considerarse en el límite
inferior de sus reales esfuerzos de I+D”.
Quizás
incluso más relevante, las cifras de gasto en I+D de un país por sí solas — o
su número de investigadores activos — no entregan la imagen completa de su
fortaleza científica. Establecer cuán efectivamente trabajan los
investigadores y en qué extensión sus hallazgos se ponen en práctica, es
igualmente importante y sólo se puede medir con un grupo más complejo de
indicadores, tales como el número de publicaciones revisadas por pares o las
estadísticas de patentes.
Pese a sus
limitaciones, los datos de la IEU ofrecen a los países y regiones
individuales una mina de información para apuntalar sus propios esfuerzos por
hacer de las inversiones en ciencia y tecnología una alta prioridad política.
Por
ejemplo, éstas revelan que la contribución de los países árabes a la
investigación mundial está cayendo. En un mundo que está crecientemente
empeñado en diversificarse del petróleo, estas naciones debieran estar
buscando invertir más en ciencia y tecnología, no menos.
Desde un
punto de vista global, las estadísticas de la IEU refuerzan el mensaje de que
incluso si la brecha de la ciencia se está cerrando, permanece mucho más
amplia de lo que debiera.
Si se
argumenta en términos de justicia social o para reflejar el continuo desfase
entre los esfuerzos científicos y las necesidades sociales, el vaso está
todavía medio vacío.
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