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Talamanca: la lucha por crecer

Bharley Quirós, MICIT

bquiros@conicit.go.cr

Las viejas agujas de mi reloj marcaban las 7:35 a.m., nos encontramos en Bambú, un pequeño atracadero a 40 minutos en automóvil, sobre calle de lastre, del centro de Brí-bri. Aquí, una lancha confeccionada de cedro amargo nos espera, nuestro destino: la comunidad indígena de Yorkín.Este grupo de mujeres indígenas de la zona de Coroma en Talamanca, escuchan atentas una de las charlas sobre plantas medicinales impartidades por expertos del programa Aula Móvil

Este grupo de mujeres indígenas de la zona de Coroma en Talamanca, escuchan atentas una de las charlas sobre plantas medicinales impartidades por expertos del programa Aula Móvil.

La lancha es bastante cómoda,  aunque motivado por un espíritu aventurero me atrevo a sentarme en el borde donde mi cámara y mi libreta serán mis herramientas para documentar el monumental paisaje que su abre a mis ojos.  

Nuestro propósito es llevar cabo la primera de tres Aulas Móviles, un programa que surgió en 1999 bajo la iniciativa del Ministerio de Ciencia y Tecnología con el fin de crear capacidad local en temas científicos y tecnológicos, cerrando  brechas entre regiones y fortaleciendo las capacidades de las comunidades rurales.

Camino a Yorkín

Nuestra travesía inicia en el rió Telire, uno de tantos que conforman el río Sixaola hasta llegar a la desembocadura del río Yorkín, el cual sirve de límite entre Costa Rica y Panamá. El grupo, integrado por 10 personas, pone toda su confianza y seguridad en Guillermo Torres, líder indígena de esta comunidad.

A sus 57 años su piel colorada y mirada tranquila son fiel reflejo de la experiencia y el trabajo duro. El machete a un costado y la garrocha entre sus manos le otorgan el aspecto de un cazador en guardia, listo para dominar la corriente del río.    

Andrés Hernández Molina, es uno de los tanto niños que habitan en la comunidad de Coroma en Talamanca.

Para llegar a Yorkín, donde habitan unos 500 indígenas, hay que navegar contra corriente por espacio de hora y media. El rió (del mismo nombre) mantiene un promedio de dos metros y medio de profundidad, en algunos tramos las rocas y algunos rápidos son un constante peligro.

Ya en sus cristalinas aguas, tanto don Guillermo, que realiza todo el recorrido de pie en la proa de la lancha, como su hijo Humberto, impulsan con sus garrochas (una vara de tres metros de longitud) la embarcación evitando que esta se vuelque. Utilizan como ayuda adicional un motor fuera de borda, logrando dominar los trechos donde la corriente parece incontrolable. En el trayecto el motor consume entre cuatro y cinco galones de combustible.     

Don Guillermo nos explica que su concentración en el río debe ser absoluta, para elegir la mejor ruta navegable. A una hora del recorrido una serie de incómodos rápidos, sumado al peso excesivo de la carga, producto de la comida y otros insumos, hacen parecer imposible el paso. El motor ruge a más no poder. La lancha no se mueve. Humberto salta para empujar la embarcación, mientras que nuestro guía recomienda dar marcha atrás para tomar un mejor camino, son momentos de tensión... al final el río sede y una ligera sonrisa se dibuja en el rostro de don Guillermo. 

Estos indígenas realizan un promedio de cinco viajes diarios, incluso transportando enfermos, su conocimiento de estas aguas es tal, que incluso en horas de la noche realizan el trayecto librándose de algún incidente.

Conforme avanzamos nos envuelve la gran variedad de árboles y las tonalidades de verde. Estamos en el bosque lluvioso que rodea esta zona, el cual está incluido dentro del Área de Conservación La Amistad, en la cercanía del Refugio de Vida Silvestre Gandoca Manzanillo.

Muy cerca del cause el “Martín pescador”, garzas y águilas pescadoras nos ofrecen una armoniosa bienvenida con su suave vuelo sobre estas aguas. El sol nos traspasa la piel, producto del verano que embellece la zona del Caribe en el mes de octubre.     

Apostando al Ecoturismo

Don Guillermo Torres utiliza su esperienza y habilidad para surcar las aguas del río Yorkín.

Hemos sobrepasado el rió, que es el único medio de comunicación de los habitantes de Yorkín, sin duda peligroso pero excitante. 

Después de agradecer a don Guillermo, nos adentramos en la montaña. Mis botas de hule se estrenan hundiéndose en el lodo; la caminata se extiende por 30 minutos y en el camino los frutos de cacao y plátano son nuestra compañía. Por fin, divisamos a la distancia un rótulo que nos dice: “Bienvenidos al Proyecto Ecoturístico Aventuras Naturales Yorkín”.

Aquel es el fuerzo de 20 familias que buscaron una alternativa para superar la difícil situación económica, que les dejo las pérdidas en los cultivos de plátano y cacao.

Al llegar a uno de los ranchos doña Otilia Marín, esposa de don Guillermo, nos describe el lugar. El techo está hecho a base de Suita, que es una especie de paja que se enrolla como una trenza, mientras que el piso está cubierto por finas láminas de Chonta que es una especie de palma.  

Estamos haciendo todos los esfuerzos para que el proyecto nos ayude a superar la difícil situación económica que enfrentamos afirma doña Otilia, quien orgullosa me muestra una computadora que fue donada hace una semana. La misma funciona gracias a la electricidad que obtiene de dos paneles solares que son instalados por el Instituto Costarricense de Electricidad.  

Las instalaciones tiene la capacidad de albergar 26 personas. Aquí los turistas aprenden a hacer chocolate, confección de artesanías, recorridos por la montaña, además de conocer la cultura y tradiciones de estos pueblos, todo por $50 por noche.

Si bien el proyecto funciona desde hace cuatro años, la falta de divulgación y el difícil acceso a la zona han impedido una mayor afluencia de visitantes.      

En este lugar se impartirán las charlas sobre uso, manejo y producción de plantas medicinales a cargo de dos expertos de la Universidad de Costa Rica, así como también se les introduce a los indígenas en los conceptos básicos y recomendaciones que ellos deben aplicar a su proyecto de ecoturismo, a cargo de dos estudiantes avanzados de la sede de Limón de la UCR.  

Veinte indígenas, sin contar a los niños, se reúnen en la primera charla del Aula Móvil, la idea, explica Carlos Saborío, quien tiene 10 años de colaborar con estas comunidades, es que los indígenas utilicen las cualidades curativas de las plantas para su uso personal, sin necesidad de trasladarse a centros médicos.

En la visita de campo que realizan los expertos para confeccionar un chequeo de las plantas que existen y aquellas que pueden ser cultivadas, nos llama la atención el marcado interés de una joven indígena, que armada con lápiz y papel no deja escapar detalle.

Se trata de Maritza Onsmiel Mora, la esposa de Humberto el hijo de Don Guillermo. Dice sentirse cansada de los medicamentos tradicionales, por eso su interés.

“Me encanta todo lo natural, por eso deseo aprender todo lo que puede para cuidar a mi hijo de tres años”. Ella reconoce que el esfuerzo para el proyecto ha sido fuerte, pero esperan que deje los frutos para suplir las necesidades que tienen las familias. 

“Somos una comunidad abandonada”

Después de un día de trabajo volvemos al hotel. Nuestro rumbo apunta ahora hasta la comunidad indígena de Coroma, donde arribamos tras viajar una hora en lancha sobre las profundas aguas (más de 20 metros) del río Sixaola.

La casi ausencia de nubes incrementa el intenso calor. Caminamos unos 40 minutos hasta llegar al lugar donde se dará la segunda charla. Aquí nos recibe Doña Ruth Leiva García, líder indígena de esta zona.

En una humilde vivienda las mujeres preparan el almuerzo, el humo de la leña quemada rodea el lugar; poco a poco varios indígenas, en su mayoría mujeres, se aproximan para escuchar la charla. Contamos una veintena de ellos sin sumar a los niños.

Movidos por la idea de construir un futuro mejor para ellos y sus hijos, estos indígenas recorren a caballo o a pie hasta cuatro horas para reunirse. 

Tal es el caso de Raquel Selles Mayorga, ella vive en la Isla de Cachabrí, a dos horas de Coroma. Su situación no es fácil, ella tiene que atender a sus cuatro hijos sin la ayuda de su compañero quien la abandonó hace poco. Hoy, esta familia subsiste de la venta del plátano, sus  ingresos no superan los 12 mil colones mensuales.

La falta de dinero, la carencia de agua potable y  los productos como el plátano y el cacao que son negociados a muy bajos precios son las principales necesidades que enfrenta las 91 familias que integran la comunidad de Coroma.

“Somos una comunidad abandona, muy poca gente nos visita, muy poca gente nos ayuda”, afirma doña Ruth. Sin embargo, estas personas tienen muy claro que todo lo que necesitan es un empujón para salir adelante.

La tarde comienza a caer. Nos despedimos con la alegría de la labor cumplida y con la invitación y promesa de volver. Atrás, los niños saltan la cuerda y juegan bola, como olvidando todos sus problemas y necesidades y recordándome que una sonrisa significa lo mismo en cualquier parte.